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UNA HORA SANTA PARTICULAR...


¿Te imaginas?

Jueves por la tarde. Has tenido un día intenso de clase,  el cansancio aflora y estás deseando llegar a casa. No ves el momento de dejar los libros encima de la mesa y disfrutar de un merecido “juernes”. El fin de semana se presenta soleado en el horizonte y vas por los pasillos de la universidad pensando en los 80 planes que vas a organizar. Estás casi saliendo cuando, de repente, te das cuenta de que hay cierto movimiento en una clase. ¿A esas horas? ¡Si son las 20.15! Curioso como eres, te asomas por la puerta entreabierta y crees ver lo que se parece a una silueta negra. Puede parecer incluso que esté arrodillada. De repente, una guitarra. Un segundo más tarde, decenas de voces empiezan a cantar. Ahora sí que te frotas los ojos porque, quizá, a estas alturas de la semana, tu mente está empezando a desvariar. ¿Desde cuando hay extraescolares de canto en tu facultad?  Decides entrar y confirmas tus sospechas: estás en una Hora Santa.


Esta historia puede parecer novelesca, pero es exactamente lo que pasó el pasado jueves 14 de febrero cuando el staff de Hakuna Pamplona organizó una Hora Santa en la Universidad Pública de Navarra, UPNA para los locales. Según nos cuenta Teresa Bergera, en un principio la iban a hacer en la capilla pero resultó que estaba ocupada. Lo lógico hubiera sido cancelar, pero donde manda el corazón... no manda marinero. Así que, a falta de capilla, buenas son las clases para exponer, nunca mejor dicho, a nuestro único maestro. Con la ayuda del capellán, entre 30 y 35 jóvenes tuvieron la suerte de acudir a esa clase tan particular sobre una materia tan poco común: el amor. Un amor que no entiende de matemáticas, ni de ecuaciones, que no espera nada a cambio, que sabe de derecho pero no condena… Por una vez, no hacía falta tomar apuntes, bastaba con estar.


Qué bueno eso de mezclar a Jesús con pizarras, libros y manuales: zambullirlo en nuestra rutina diaria. Qué bueno que, al menos por un día, pudiera ser un compañero más de clase. Qué bueno que, ahora que se dice tanto lo de “los jóvenes no pisan una Iglesia”, veamos que algunos intentan convertirlo todo en Iglesia. En definitiva, qué bueno, qué increíblemente bueno, que nuestras universidades dejen entrar al profesor del amor en sus aulas, al que enseña lo que todos queremos aprender: el camino hacia la felicidad.

 

 

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